miércoles, 11 de diciembre de 2013
El agua, los calambres nocturnos y el ataque al corazòn
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MUERTES ABSURDAS
Hoy en día, parece que estamos bastante
insensibilizados con respecto al tema de
la muerte. Curiosamente, sin embargo, nos
sentimos fascinados por ella y nos
sorprendemos al descubrir las muertes
tontas de algunos personajes históricos.
Veamos una pequeña selección por orden
cronológico:
Calcas (s. XIII a.C.),
Quilón de Esparta (s. VI a.C.),
Zeuxis (398 a.C.),
Filemón de Soli (262 a.C.),
Crísipo de Soli (208 a.C.) y
Pietro Aretino (1556):
Todos ellos murieron de un ataque de risa.
Esquilo (456 a.C.)
Murió golpeado por una tortuga desprendida de las garras de un águila que sobrevolaba su cabeza. Al parecer, las águilas quebrantahuesos solían lanzar tortugas contra las piedras para abrirlas... y Esquilo era calvo.
Agatocles (286 a.C.)
Sherwood Anderson (1941)
Las vidas del tirano de Siracusa y el famoso escritor se vieron truncadas por un palillo. En el caso de Agatocles, se atragantó con un mondadientes; Anderson, sufrió
una peritonitis tras tragárselo.
Pirro (272 a.C.)
Mientras paseaba, recibió el impacto de una teja lanzada por una anciana desde
una azotea.
Arquímedes
(212 a.C.)
Fue atravesado por la espada de un soldado romano al que había increpado por pisar los dibujos científicos que había hecho en la arena de la playa.
Herodes I, el Grande
(4 a.C.)
Sus genitales se pudrieron debido a una rara enfermedad llamada gangrena de Fournier.
Plinio, el Viejo (79)
Intrigado por la erupción que arrasó Pompeya, sufrió una crisis cardiaca investigando el
fenómeno de cerca...
mientras sucedía.
Caracalla (217)
Un soldado de su escolta lo apuñaló mientras orinaba entre unos arbustos.
Atila (453)
Durante el banquete de su noche de bodas, el líder huno se hartó de comer y beber. Tanto bebió que ni reparó en que su nariz comenzaba a sangrar, de tal forma que acabó ahogado
en su propia sangre.
Li Po (762)
Probablemente, una de las muertes más poéticas de la Historia: mientras navegaba ebrio por el río Yangtzé, Li Po trató de abrazar el reflejo de la luna, cayendo del bote y ahogándose.
Federico I Barbarroja
(1190)
El peso de su armadura hizo que se ahogara en un río. Ya
muerto, su hijo trató, sin éxito, de conservar su cuerpo en vinagre.
Enrique I de Castilla
(1217)
Murió golpeado por una teja desprendida de un tejado cuando dos mancebos se asomaron para verle marchar.
Juan XII (1334),
François Félix Faure (1899) y
Jean Daniélou (1974)
Tanto el papa como el presidente francés y el cardenal Daniélou forman parte de la lista de personas muertas en brazos de una prostituta.
George Plantagenet
(1478)
Famoso por ser un gran bebedor, sus verdugos le ahogaron en un barril de vino.
Felipe el Hermoso
(1506)
Bebió demasiada agua fría nada más terminar un juego de pelota.
Maximiliano I de
Austria (1519)
La muerte le llegó al archiduque y emperador, antecesor de Carlos I de España, debido a una indigestión de melones.
Hans Steininger (1567)
La persona que ostentaba el récord de la barba más larga del mundo (1,5 metros) olvidó enrollar su peludo tesoro durante un incendio y, con las prisas, tropezó con él y se rompió el cuello.
Tycho Brahe (1601)
En el siglo XVI, levantarse de la mesa antes de acabar la comida era considerado todo un insulto. Brahe, que tenía problemas de vejiga y era conocido por sus excesos
con la bebida, fue demasiado educado para excusarse e ir al baño, y murió entre
agonías varios días después tras reventarse su vejiga.
Jean-Baptiste Lully
(1687)
Este compositor francés falleció a causa de una grangrena tras clavarse la batuta en un pie en pleno berrinche contra los músicos a los que dirigía.
Fernando VI, el Prudente (1759)
Catalina II, la Grande
(1796)
Ambos gobernantes murieron sentados en la taza del váter.
Adolfo Federico de
Suecia (1771)
El llamado "rey que comió hasta morir" falleció por problemas digestivos tras engullir durante una cena langosta, caviar, chucrut, sopa de repollo, ciervo ahumado, champán y catorce platos de su postre preferido, relleno de mazapán.
Clement Vallandigham
(1871)
Tras la guerra civil norteamericana, este político se convirtió en un famoso
abogado. En su último caso, tuvo que defender a un acusado de disparar contra un individuo durante una disputa. Para demostrar que el fallecido se había disparado por error a sí mismo, se ofreció para encarnar a la víctima en una reconstrucción de los hechos y olvidó descargar la pistola durante la demostración. El acusado fue declarado
inocente.
Allan Pinkerton (1884)
Al gran detective le sobrevino la muerte a consecuencia de una gangrena tras morderse la lengua en un resbalón.
Alejandro I de Grecia
(1893)
Su mono mascota le contagió la rabia con un mordisco.
Charles Justice
(1911)
Irónicamente, fue condenado a morir electrocutado en la silla eléctrica que él había ayudado a construir e instalar en la prisión años antes.
Jack Daniel (1911)
El fundador de la conocida marca de whiskey, al no recordar la combinación de su caja fuerte, le dio una
patada, con tal mala pata
(nótese el chiste) que se
le infectó el dedo gordo
del pie y terminó
muriendo.
Franz Reichelt
(1912)
Saltó desde la Torre Eiffel con el fin de probar su prototipo de paracaídas. Huelga decir que no funcionó.
François Faber
(1915)
Estando en una trinchera durante la II Guerra Mundial, recibió un telegrama notificándole que su mujer había dado a luz. Al saltar de alegría, recibió un tiro de un soldado alemán.
Ray Chapman (1920)
El jugador de béisbol fue mortalmente alcanzado en la cabeza por una pelota que no vio, ya que por aquel entonces los pitcher ensuciaban la pelota antes de lanzarla para disminuir su visibilidad.
Harry Houdini (1926)
Ya que el gran mago presumía de su habilidad para controlar su cuerpo de modo que no sintiera dolor, fue retado por un estudiante a recibir puñetazos en el abdomen sin inmutarse. Y ciertamente Houdini, según se dice, aguantó bien, pero los golpes que le propinó el universitario, jugador de rugby y estrella del boxeo, agravaron su principio de apendicitis y acabó muriendo días después.
Bobby Leach (1926)
La segunda persona que sobrevivió a una caída en barril desde las cataratas del Niágara tropezó un buen día con una cáscara de naranja y se rompió una
pierna. Tan mala fue la caída
que le hubieron de amputar
la pierna gangrenada,
aunque acabó muriendo por
complicaciones de la
cirugía.
Isadora Duncan
(1927)
La conocida bailarina estadounidense debió haberse dejado la bufanda en casa, ya que su echarpe le causó la muerte por fractura de las cervicales al
enredarse en la rueda de un coche.
Alexander Bogdanov
(1928)
Investigando sobre técnicas de rejuvenecimiento, se realizó una transfusión de sangre de un paciente con malaria y tuberculosis. El resto es historia.
Marie Curie (1934)
Sin conocer los efectos de la radiación, falleció de anemia aplásica como consecuencia de sus importantes investigaciones.
Thomas Midgley
(1944)
Tras contraer la polio, diseñó un complejo sistema de cuerdas y poleas para levantarse de la cama con el que acabó estrangulándose por accidente.
Joan Burroughs
(1951)
William Burroughs y su mujer bebieron demasiado una mala noche y no se les ocurrió ninguna diversión mejor que jugar a ser Guillermo Tell... pero de verdad. El escritor acabó entre
rejas por homicidio involuntario al no
alcanzar con su flecha la manzana que Joan se puso sobre la cabeza.
CARTA DE UN GUARDIA CIVIL AL JUEZ DEL TRIBUNAL DE ESTRASBURGO
Para que veáis que hay gente valiente. Un abrazo
> Autor: Eugenio Martínez Salido
> Guardia Civil
> Carta a un Magistrado
>
> A su señoría Ilma. D. Luis López Guerra, desde mi condición de
> español y guardia civil tengo el honor de exponer:
> Que habiendo tenido conocimiento de la sentencia del tribunal europeo
> De derechos humanos, del que Su Señoría forma parte, en el que se
> declara no acorde a derecho a la denominada “Doctrina Parrot” y a
> tenor de ello deja abierta la vía de la excarcelación a una seria de
> asesinos, violadores, psicópatas y delincuentes varios.
> He de manifestarle mi más profunda repulsa por éste hecho y ante las
> dudas que puedan surgirle ante esta argumentación, quiero matizarla
> con algunos aspectos diferenciadores entre Su Señoría y mi propia persona:
> Tanto Su Señoría como yo nacimos en España, por lo tanto a efectos
> legales ambos somos españoles, pero en la década de los años 80,
> mientras Su Señoría impartía clases de derecho constitucional en la Universidad
> yo vestía el uniforme de la Guardia Civil y pateaba el Pirineo
> sufriendo las inclemencias del tiempo y lo que es peor, la pérdida de compañeros
> y amigos bajo la barbarie terrorista.
> Entiendo que su labor fue ardua y necesaria. La formación de nuestros
> jóvenes lo requería y por ello no dejo de valorarlo. Pero quizás Su
> Señoría no se ha parado a pensar, cuando votó a favor de dejar en libertad a
> aquellos que asesinaron a mis compañeros, que mi misión también fue
> necesaria; bueno, solo consistía en jugarme la vida para proteger a todos los
> españoles, Su Señoría y sus alumnos incluidos.
Puedo contarle muchas historias de aquella época, como es lógico, para
> Vd. Ignoradas. No de oídas en primera persona puesto que formé parte
> de los entonces recién creado grupos antiterroristas (GAR).
> Puedo contarle como fue la liberación de Orbegozo. Del Sr. Iglesias.
> De Ortega Lara, o como se desarrolló la angustiosa búsqueda de Miguel
> Ángel Blanco.
Y lo que es peor, puedo contarle la sensación que se tiene al recoger
> los trozos de un compañero de las ramas de un árbol en Pamplona.
> Sería muy largo, pues son muchos y no quiero aburrirle con historias
> pasadas, solo quisiera que si algún día leyera esto, que espero le
> llegue a sus manos, se pare a pensar si los españoles nos merecemos que individuos como
> esos vuelvan a la calle, si con su voto ha conseguido dejar en
> libertad a un psicópata que mate o viole a otra niña, y si eso ocurriese, que pido a Dios no
> lo permita, le quede la necesaria tranquilidad moral y autoestima para
> seguir mirando a sus seres queridos y al resto de sus compatriotas.
> Quedo a su disposición como miembro de la Guardia Civil y garante de
> la legalidad establecida. Aunque no comparta votos como el que Su
> Señoría ha emitido en el caso que nos ocupa.
> Autor: Eugenio Martínez Salido
> Guardia Civil
> Carta a un Magistrado
>
> A su señoría Ilma. D. Luis López Guerra, desde mi condición de
> español y guardia civil tengo el honor de exponer:
> Que habiendo tenido conocimiento de la sentencia del tribunal europeo
> De derechos humanos, del que Su Señoría forma parte, en el que se
> declara no acorde a derecho a la denominada “Doctrina Parrot” y a
> tenor de ello deja abierta la vía de la excarcelación a una seria de
> asesinos, violadores, psicópatas y delincuentes varios.
> He de manifestarle mi más profunda repulsa por éste hecho y ante las
> dudas que puedan surgirle ante esta argumentación, quiero matizarla
> con algunos aspectos diferenciadores entre Su Señoría y mi propia persona:
> Tanto Su Señoría como yo nacimos en España, por lo tanto a efectos
> legales ambos somos españoles, pero en la década de los años 80,
> mientras Su Señoría impartía clases de derecho constitucional en la Universidad
> yo vestía el uniforme de la Guardia Civil y pateaba el Pirineo
> sufriendo las inclemencias del tiempo y lo que es peor, la pérdida de compañeros
> y amigos bajo la barbarie terrorista.
> Entiendo que su labor fue ardua y necesaria. La formación de nuestros
> jóvenes lo requería y por ello no dejo de valorarlo. Pero quizás Su
> Señoría no se ha parado a pensar, cuando votó a favor de dejar en libertad a
> aquellos que asesinaron a mis compañeros, que mi misión también fue
> necesaria; bueno, solo consistía en jugarme la vida para proteger a todos los
> españoles, Su Señoría y sus alumnos incluidos.
Puedo contarle muchas historias de aquella época, como es lógico, para
> Vd. Ignoradas. No de oídas en primera persona puesto que formé parte
> de los entonces recién creado grupos antiterroristas (GAR).
> Puedo contarle como fue la liberación de Orbegozo. Del Sr. Iglesias.
> De Ortega Lara, o como se desarrolló la angustiosa búsqueda de Miguel
> Ángel Blanco.
Y lo que es peor, puedo contarle la sensación que se tiene al recoger
> los trozos de un compañero de las ramas de un árbol en Pamplona.
> Sería muy largo, pues son muchos y no quiero aburrirle con historias
> pasadas, solo quisiera que si algún día leyera esto, que espero le
> llegue a sus manos, se pare a pensar si los españoles nos merecemos que individuos como
> esos vuelvan a la calle, si con su voto ha conseguido dejar en
> libertad a un psicópata que mate o viole a otra niña, y si eso ocurriese, que pido a Dios no
> lo permita, le quede la necesaria tranquilidad moral y autoestima para
> seguir mirando a sus seres queridos y al resto de sus compatriotas.
> Quedo a su disposición como miembro de la Guardia Civil y garante de
> la legalidad establecida. Aunque no comparta votos como el que Su
> Señoría ha emitido en el caso que nos ocupa.
martes, 10 de diciembre de 2013
! LA VENTANA !
Una pareja de recién
casados, se mudó para
un barrio muy tranquilo.
En la primera mañana en la casa, mientras tomaba café, la mujer reparó a través de la ventana, que una vecina colgaba sábanas en el tendedero. .
Que sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero .. !
Quizas necesita un
jabón nuevo...
¡ Ojalá pudiera ayudarla a lavar las
sábanas !
El marido miró y quedó callado.
Y así, cada dos o
tres días, la mujer repetía su discurso,
mientras la vecina tendía sus ropas al sol y el viento.
Al mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tendiendo las sábanas limpias, y dijo al marido:
¡ Mira, la vecina aprendió a lavar la ropa !
¿¿ Le enseñaría otra vecina ??
El marido le respondió:
¡No, hoy me he levantado más temprano y limpie los cristales de nuestra ventana !
Y la vida es así.
Todo depende de la limpieza de la ventana, a través de la cual observamos los hechos.
Antes de criticar, quizás sería conveniente chequear si hemos limpiado el corazón para poder ver más claro.
Entonces podremos ver claramente la limpieza del corazón de los demás ...
! LOS REYES MAGOS !
Para los padres con niños, ahora que se acercan los Reyes Magos:
Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
- ¿Papa?
- Sí, hija, cuéntame
- Oye, quiero… que me digas la verdad
- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
- Es que… -titubeó Cristina
- Dime, hija, dime.
- Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos … pero…
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina .
- Entonces no lo entiendo. papá.
- Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Cristina se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
-Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.
- Sí, claro, eso es fundamental – asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la
entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.
Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.
Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
- ¿Papa?
- Sí, hija, cuéntame
- Oye, quiero… que me digas la verdad
- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
- Es que… -titubeó Cristina
- Dime, hija, dime.
- Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Cristina se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Cristina le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos … pero…
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos-. ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Cristina .
- Entonces no lo entiendo. papá.
- Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Cristina se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
-Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero no podemos tener tantos pajes., no existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios-. Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.
- Sí, claro, eso es fundamental – asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la
entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Cristina hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
Y corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía:
- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.
Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.
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