lunes, 25 de noviembre de 2013

El Soldadito de Plomo

Érase una vez un niño que tenía
muchísimos juguetes. Los guardaba todos
en su habitación y, durante el día, pasaba
horas y horas felices jugando con ellos.
Uno de sus juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y daba comienzo a la batalla.
Cuando se los regalaron, se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa de un defecto de fundición
No obstante, mientras jugaba, colocaba
siempre al soldado mutilado en primera
línea, delante de todos, incitándole a
ser el más aguerrido.
Pero el niño no sabía que sus juguetes
durante la noche cobraban vida y
hablaban entre ellos, y a veces, al
colocar ordenadamente a los soldados,
metía por descuido el soldadito mutilado
entre los otros juguetes.
Y así fue como un día el soldadito pudo conocer a una gentil bailarina, también de plomo.
Entre los dos se estableció una corriente
de simpatía y, poco a poco, casi sin darse
cuenta, el soldadito se enamoró de ella.
Las noches se sucedían deprisa, una tras
otra, y el soldadito enamorado no
encontraba nunca el momento oportuno
para declararle su amor.
Cuando el niño lo dejaba en medio de los
otros soldados durante una batalla,
anhelaba que la bailarina se diera cuenta
de su valor por la noche , cuando ella le
decía si había pasado miedo, él le
respondía con vehemencia que no.
Pero las miradas insistentes y los
suspiros del soldadito no pasaron
inadvertidos por el diablejo que estaba
encerrado en una caja de sorpresas.
Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche, un dedo amonestante señalaba al pobre soldadito.
Finalmente, una noche, el diablo estalló.
-¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina! El pobre soldadito se ruborizó, pero la bailarina, muy gentil, lo consoló:
-No le hagas caso, es un envidioso. Yo estoy muy contenta de hablar contigo. Y lo dijo ruborizándose.
¡Pobres estatuillas de plomo, tan
tímidas, que no se atrevían a confesarse
su mutuo amor!
Pero un día fueron separados, cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.
-¡Quédate aquí y vigila que no entre ningún enemigo, porque aunque seas cojo bien puedes hacer de centinela!-
El niño colocó luego a los demás
soldaditos encima de una mesa para
jugar.
Pasaban los días y el soldadito de plomo no era relevado de su puesto de guardia.
Una tarde estalló de improviso una tormenta, y un fuerte viento sacudió la ventana, golpeando la figurita de plomo que se precipitó en el vacío.
Al caer desde el alféizar con la cabeza
hacia abajo, la bayoneta del fusil se
clavó en el suelo.
El viento y la lluvia persistían. ¡Una borrasca de verdad!
El agua, que caía a cántaros, pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos que se escapaban por las alcantarillas.
Una nube de muchachos aguardaba a
que la lluvia amainara, cobijados en la
puerta de una escuela cercana. Cuando
la lluvia cesó, se lanzaron corriendo en
dirección a sus casas, evitando meter
los pies en los charcos más grandes.
Tres muchachos se refugiaron de las últimas gotas que se escurrían de los tejados, caminando muy pegados a las paredes de los edificios.
El niño quiso ir a por el soldadito,
pero su mamá no le dejó,
decía que se iba a resfriar.
Fue así como vieron al soldadito de
plomo clavado en tierra, chorreando
agua.
-¡Qué lástima que tenga una sola pierna! Si no, me lo hubiera llevado a casa -dijo uno.
-Cojámoslo igualmente, para algo servirá
-dijo otro, y se lo metió en un bolsillo.
Al otro lado de la calle descendía un
riachuelo, el cual transportaba una
barquita de papel que llegó hasta allí no
se sabe cómo.
-¡Pongámoslo encima y parecerá marinero!- dijo el pequeño que lo había recogido.
Así fue como el soldadito de plomo se
convirtió en un navegante.
El agua vertiginosa del riachuelo era engullida por la alcantarilla que se tragó también a la barquita.
En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era alto.
Enormes ratas, cuyos dientes
rechinaban, vieron como pasaba por
delante de ellas el insólito marinero
encima de la barquita zozobrante.
¡Pero hacía falta más que unas míseras ratas para asustarlo, a él que había afrontado tantos y tantos peligros en sus batallas!
La alcantarilla desembocaba en el río, y
hasta él llegó la barquita que al final
zozobró sin remedio empujada por
remolinos turbulentos.
Después del naufragio, el soldadito de
plomo creyó que su fin estaba próximo
al hundirse en las profundidades del
agua.
Miles de pensamientos cruzaron entonces por su mente, pero sobre todo, había uno que le angustiaba más que ningún otro: era el de no volver a ver jamás a su bailarina...
De pronto, una boca inmensa se lo
tragó para cambiar su destino.
El soldadito se encontró en el oscuro estómago de un enorme pez, que se abalanzó vorazmente sobre él atraído por los brillantes colores de su uniforme.
Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de
indigestarse con tan pesada comida, ya
que quedó prendido al poco rato en la red
que un pescador había tendido en el río.
Poco después acabó agonizando en una
cesta de la compra junto con otros
peces tan desafortunados como él.
Resulta que la cocinera de la casa en
la cual había estado el soldadito, se
acercó al mercado para comprar
pescado.
-Este ejemplar parece apropiado para
los invitados de esta noche -dijo la
mujer contemplando el pescado
expuesto encima de un mostrador.
El pez acabó en la cocina y, cuando la
cocinera la abrió para limpiarlo, se
encontró sorprendida con el soldadito en
sus manos.
-¡Pero si es uno de los soldaditos de...! -
gritó, y fue en busca del niño para
contarle dónde y cómo había
encontrado a su soldadito de plomo al
que le faltaba una pierna.
-¡Sí, es el mío! -exclamó jubiloso el niño al reconocer al soldadito mutilado que había perdido.
-¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez!
¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá
pasado desde que cayó de la ventana!-
Y lo colocó en la repisa de la chimenea donde su hermanita había colocado a
la bailarina.
Un milagro había reunido de nuevo a los
dos enamorados.
Felices de estar otra vez juntos, durante la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación.
Pero…
El hermano del niño
cogió al soldadito…
y lo arrojó al fuego,
decía que no valía nada,
y encima…
olía a pescado!!!
Pero el destino les reservaba otra
malévola sorpresa: un vendaval levantó
la cortina de la ventana y, golpeando a
la bailarina, la hizo caer en el hogar.
El soldadito de plomo, asustado, vio
como su compañera caía. Sabía que el
fuego estaba encendido porque notaba
su calor. Desesperado, se sentía
impotente para salvarla.
¡Qué gran enemigo es el fuego que
puede fundir a unas estatuillas de plomo
como nosotros
Balanceándose con su única pierna, trató de mover el pedestal que lo sostenía.
Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al fuego.
Unidos esta vez por la desgracia,
volvieron a estar cerca el uno del otro,
tan cerca que el plomo de sus pequeñas
peanas, lamido por las llamas, empezó a
fundirse.
El plomo de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió sorprendentemente la forma de corazón.
Desde entonces, el soldadito y la
bailarina estuvieron siempre juntos, tal
y como el destino los había unido:
sobre una sola peana en forma de
corazón.
FIN

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